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La constitución del Estado moderno

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Texto discutido en el marco del proceso de autoformación de la escuela de tutores que están trabajando la iniciativa de construcción de política pública por el derecho a la salud. Trabajo que se realiza los días sábado  y que ya cuenta con un año de labores. 

Marx y Engels afirman en el “Manifiesto Comunista” -texto escrito en 1848 en medio de las convulsiones políticas desencadenada por los trabajadores-   como en este preciso momento  del siglo XIX no había existido, hasta ahora, una clase social revolucionaria como la Burguesía.
 

En efecto, una clase social en sí y para sí como la Burguesía había logrado constituir los pilares fundamentales del mundo moderno. Proceso histórico que fue construido lentamente desde el siglo XI.  


Con la caída del imperio romano a mediados del siglo V adviene lo que los historiadores e intelectuales del Renacimiento denominaron Edad Media. Esta época histórica estuvo marcado principalmente por la preeminencia del mundo rural, el fortalecimiento de una institución como la iglesia católica, el surgimiento del mundo de la gleba estructurado desde el espíritu feudal, etc.


Esta estructura religiosa, política, social y económica se revierte al interior mismo de Europa, creando un mundo donde predominaba las guerras entre los diferentes reinados, las cruzadas gestadas desde la fe y el comercio, y un encerramiento de la cosmovisión del mudo alrededor del decálogo cristiano. Es, pues, el dogma de la fe el regulador del universo espiritual que ordena el mundo humano y la trascendencia con base en un supuesto mundo del más allá.


Las normas y reglas que regulaban el comportamiento humano estaban ya determinadas por un dispositivo de jerarquías que hacían posible la incuestionabilidad del orden que se sustentaba en los referentes de la fe y el dogma.
De manera sintética se puede describir este universo de la siguiente manera: el poder de los Papas, quienes eran los custodios de lo más preciado del  momento: la fe y la religión católica, unos reyes y su componente de cargos que contaban con la bendición divina emanada de los papas y en la pirámide de ese orden social  estaba los vasallos a quienes se les consideraban almas que debían volcar sus vidas a la servicio del rey y del más allá, por lo tanto, la vida aquí en la tierra era un lugar de paso para acceder al mundo verdadero que estaba reservado al imaginario religioso.


Es en este contexto histórico como algunos aventureros y mercaderes empiezan a emigrar al  lugar propicio para hacer posible la dinámica, el cambio y el movimiento que se empieza a construir al interior de las ciudades.


Un  proverbio alemán de la época sintetiza brillantemente el acontecer de la ciudad afirmando como: “El aire de la ciudad hace libre”. Aquellos hombres que empiezan a huir del mundo determinado, estático, rural de la gleba son los que irán a desencadenar el espíritu mismo del mundo moderno. Ciertamente, es en Europa el como las ciudades  se diseñaran y constituirán desde las variables espaciales y temporales de la dinámica del comercio. Todas las ciudades europeas estarán por ello cerca de un tramo de camino, serán atravesadas por los ríos, o estarán cerca del mar.


Y es aquí, en este universo urbano en gestación, que se empieza a dar en el siglo XI el germen del proyecto histórico de la modernidad. Es en los Burgos-ciudades comerciales- donde la burguesía será consciente de su reto histórico.
Ahora bien, esta nueva experiencia del acontecer humano que se daba en las ciudades llegará a su máximo apogeo con el advenimiento del universo renacentista.


Como se sabe el Renacimiento fue posible cuando el mar mediterráneo deja de estar en manos de los árabes y éste entra a participar de la constelación económica de los comerciantes de las ciudades italianas. Florencia, se alza así, como el Burgo primigenio que permitió  a las burguesías florentinas retar el poder de los reyes y jerarcas. Los príncipes deberían estar en la dinámica y lógica del capital comercial o verse obligados a contemplar los acontecimientos históricos. Es este mundo el que permitió radicalizar una nueva cosmovisión del universo donde era el hombre el centro del universo (antropocentrismo), se entiende, así pues,  como esta criatura llamada ser humano genero admiración y elogio por sus potencialidades e inventivas, la capacidad humana permitió el despliegue de potencialidades desde la inteligencia y la creatividad. Empero, ya no se piensa de forma trascendente el mundo sino de manera inmanente, el conocimiento, la ciencia y la técnica no solo debe repercutir en la vida práctica sino que debe hacer posible convertir al hombre en “amo de la naturaleza”. Este proceso de desencantamiento, que se genero desde la razón técnica-instrumental, contempla la naturaleza como objeto donde se encontrarán todas las potencialidades que deben ser apropiadas por la inventiva humana. Es en este espacio de convulsiones que se comprende en toda su magnitud las figuras de un Leonardo Da Vinci, Maquiavelo, Picco de la Mirandola, entre otros.


Es en este contexto como también se comprende la importancia del año de 1415 cuando se elimina de forma contundente la servidumbre, que como se describió anteriormente, predominó durante la llamada edad media.


Ahora bien, se afirma  como una de las ideas reguladoras de occidente lo es el sentido de la medida y del cálculo, que permite el despliegue y fortalecimiento de una razón estratégica que tiene como principal logro el dominio no solo de la naturaleza sino de la sociedad humana. Esto se percibe desde la nueva concepción del tiempo. Se comenta desde la historia como  la medición del tiempo en la ciudad será utilizado desde las campanas de la iglesia, el tiempo es oro, y hay que utilizarlo por lo tanto de  forma eficiente. Es el  tiempo de la mentalidad cristiana feudal el que será detenido  por la nueva cosmovisión de la Burguesía, que ya en este momento se siente con la suficiente fuerza para gestar y posibilitar las revoluciones. Revoluciones     que son de índole ideológico, económico, social, político, científico y militar. 

   
En el año de 1688 en Inglaterra se dio la revolución en manos de la burguesía y fue Guillermo de Orange el representante de esta gesta política. Este acontecimiento histórico desencadenado por los burgueses reta el poder tradicional del absolutismo en manos del rey Jacobo Estuardo II, quién era la emanación del poder divino aquí en la tierra. La burguesía como clase consciente de su reto histórico considera imprescindible construir los pilares fundamentales del llamado estado moderno. La legitimidad y legalidad del régimen del rey había llegado a su fin, el poder religioso que tenía como fuente de legitimidad al vaticano había sido cuestionado por la Reforma protestante – Martín Lutero en el año de 1537 había consignado en 95 tesis una demoledora crítica a la iglesia católica apostólica y romana, condenándola de ser la fuente de la corrupción y decadencia e la fe  en su tiempo, es Lutero quién afirma de la iglesia que era la puta de babilonia- por ello uno de los criterios para desconocer la legitimidad del catolicismo fue el protestantismo en su versión calvinista en Inglaterra. Así pues, se comprende porque una de las características de la burguesía inglesa es su espíritu religioso inspirado desde el calvinismo.


Aún con todo el ímpetu gestado por  la burguesía, quedaba la sensación de vacío político: ya no existía el rey y su corte. Para salir al paso a este caos ideológico se interpreta la obra de John Locke quién construyo las bases político, morales, ideológicas del Liberalismo.


Locke había sido desterrado por la nobleza inglesa por sus reflexiones filosóficas así como su apoyo a la nueva época y al papel por lo tanto de la burguesía. En sus ensayos sobre el Entendimiento humano, pone en duda y cuestiona los fundamentas escolásticos que habían determinado el saber filosófico en la edad media. Este texto, pieza magistral del Empirismo, de una u otra forma legitima la labor de la razón y el entendimiento con base en la experiencia sensorial. Esto esta íntimamente ligado a la nueva cosmovisión de la realidad desencadenada por la mentalidad burguesa. Pero lo fundamental aquí es resaltar la labor filosófica de Locke para justificar desde los límites de la razón la nueva experiencia política como lo es el liberalismo. Esta concepción parte de una crítica radical a las normas y valores tradicionales sustentados bajo el dogma y el autoritarismo de la fe. El advenimiento del individuo como artífice de su existencia es de gran importancia dentro de esta apreciación, por ello la economía libre de mercado es de imprescindible importancia: todo hay que dejarlo al libre albedrío de la voluntad individual. Los móviles principales de los individuos, según el liberalismo, es la tendencia hacía un egoísmo que permite la competitividad que a la vez es saludable para las reglas colectivas. Es así pues, como el egoísmo, la competitividad, el individualismo, la tendencia a intercambiar una cosa por otra, la felicidad ligada a la posesión de riqueza y de propiedades, son entre otros valores, algunos de los motores de la conducta humana.


Hobbes había firmado en el Leviatán como en el  estado natural  los hombres estaban en una constante guerra de todos contra todos, imposibilitando la construcción de algún comportamiento colectivo. Según Hobbes, los hombres debían renunciar a la violencia y a la guerra delegándola al Estado, éste es el Leviatán, que tiene las características  del gran monstruo apocalíptico, al que se le concede ejercer la violencia y la guerra, sin cortapisa alguna para con los asociados, estos, pues, renuncian a la guerra por la vida y la seguridad que les da el Estado.


Para Locke, el Estado tiene un pacto con los asociados mediado desde la constitución donde se encontrará la carta de derechos que debe garantizar el estado. Los ciudadanos tienen derechos, que dentro de la tradición política, se les conoce como los derechos civiles y políticos o los derechos liberales. Estos, entre otros son: el derecho a la vida, a la libre circulación, a la libre expresión, a la intimidad, a la asociación, la presunción de inocencia; por la tanto el derecho a la justicia, a la información, pero también, y teniendo en cuenta que era la burguesía la pionera de estos derechos, el derecho a la propiedad, a la libre contratación, el derecho a la industria y al comercio.


Con estos elementos están las piezas fundamentales del llamado Estado de Derecho. Las constituciones modernas contienen los derechos gestados por las revoluciones inglesa 1688, francesa 1789 y la declaración de independencia de los EE. UU.1776. Estos derechos deben ser garantizados por el estado  - para evitar la presencia política del absolutismo, que se puede sintetizar en la proclama de Luis XVI quién decía el estado soy yo-, es que el liberalismo considera pertinente la división de los poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. El Estado, pues, para ser reconocido por los ciudadanos como portador del uso de la fuerza, la violencia y la guerra legitima y legal debe garantizar ante sus asociados el respeto y la protección de los derechos fundamentales, en el momento que esto no se cumpla, vaticina Locke, los ciudadanos tienen la potestad de hacer uso de la violencia y la rebelión.


A finales del siglo XIX, las burguesías crean una noción ideológica como lo es el de la nación. Esta estaba determinada por un cerco territorial posibilitada por las burguesías nacionales, así como por una serie de valores y códigos culturales que tenían en común un grupo humano que habitaba dicho territorio. Los estados nación irán a  hacer posible un mecanismo de dominio y poder que buscaba no solo controlar a los ciudadanos, sino que busca garantizar una lógica de invasión, de exterminio y saqueo, para con otros pueblos que irán a ser considerados como no- civilizados. Lo que esta de por medio es, pues,  la lógica del imperialismo de los llamados estados-nación.


Ahora bien, es pertinente desentrañar algunas lógicas de los estados liberales que optaron por la dinámica de la guerra y la invasión. El estado, como se sabe, es el portador de una violencia legítima para con los asociados. Pero también es el portador de un orden que permite mantener el  proyecto histórico  de una clase social. El estado liberal siempre apeló a la seguridad y al orden buscando con ello garantizar la estabilidad de la dinámica del capital. Es así, pues, como se puede evidenciar  como en algunos momentos de crisis del orden legal y de la legitimidad del régimen liberal desencadenado por  la  acción o ejercicio de la violencia de los excluidos, explotados y ofendidos, el estado no dudo en ningún momento propagar la intimidación y el terror para contra  aquellos que se  atrevieron a cuestionar el orden burgués.    


Se ha comentado anteriormente como dentro de las llamadas cartas de derechos generados por los actos revolucionarios de la burguesía en contra del antiguo régimen, se resaltaba algunos derechos como: el de la propiedad, la libre contratación, la libertad de comercio e industria. Y son los estados los que deben garantizar las condiciones para que dichos derechos liberales-burgueses se puedan materializar. Es así como se puede comprender en toda su magnitud las nociones de orden y seguridad desplegadas para proteger y velar el mundo del capital y su lógica de la tasa de ganancia. Ya Marx, en su obra el Capital, había demostrado como bajo las lógicas de la acumulación originaria del capital, las leyes, las cárceles, las escuelas, el cepo, la tortura y el suplicio eran utilizados por el estado absolutista al servicio de las burguesías emergentes para disciplinar la fuerza de trabajo que el capital necesitaba para la extracción de plusvalía.


Las leyes de destierro, saqueo, terror  puestas en práctica por los estados para con los campesinos tenían la intencionalidad de lograr los flujos de inmigración que caracterizaron la historia moderna. Ahora  la ciudad ya no era vista como el lugar de las posibilidades y la invención de un nuevo universo humano, la ciudad industrial es, pues, el lugar donde se materializará el desarraigo y el escenario de la explotación y la tragedia colectiva.


Así como se materializaba una serie de dispositivos para hacer posible el control y el mantenimiento de una población para el trabajo, también se le educaba para la guerra, a nombre de los nacionalismos y de la idea gestada desde los aparatos ideológicos del estado, como lo es la noción de patria.


Ya entrado el siglo XX  se observa la catástrofe colectiva de Europa determinada por la primera (1914-1918) y segunda guerra mundial (1939-1945) así como por los totalitarismos. Estos no eran producto del azar, sino de un movimiento histórico del estado liberal, que instrumentalizaba la sociedad, desde el poder político, ideológico y militar, logrando con ello aumentar la tasa de ganancia sobre explotando la fuerza de trabajo por  la vía del control y la tecnificación en la producción, así como por la intervención militar alrededor de los recursos estratégicos.


El mismo continente pionero de  las más excelsas ideas de occidente, como la libertad, la razón, el entendimiento científico, los derechos humanos, el arte, la filosofía, la literatura, etc., se trastoco con la barbarie.  
Guerras y estados totalitarios que fueron diseñados, planeados por las élites económicas en su búsqueda de aumento de la tasa de ganancia. Esta dinámica capitalista necesitaba de nuevas fuentes de recursos naturales así como de la apertura de nuevos mercados.


Así pues, es como las burguesías alemanas, francesas, inglesas,  japonesas, italianas y estadounidenses al entrar en una pugna global para potenciar su lógica de dominio y control de los territorios conquistados o por conquistar, utilizaron al estado como dispositivo de guerra contra otros estados  para hacer posible  esta carnicería que le costo a Europa algo más de sesenta millones de seres humanos.


Este estado interventor en la guerra para hacer posible los negocios se someterá a un severo cuestionamiento por la crisis de los años treinta, que replantea desde la lógica liberal un nuevo modelo económico, político y social  conocido como estado de bienestar, que busca a la vez neutralizar e institucionalizar el potencial revolucionario de una nueva clase social: el proletariado.
 
“El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad  desposeída de atributos concretos, de una abstracta  fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual  sino el hombre-masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos  y llanto, con voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima. Éste es el destino contradictorio de aquel semidios renacentista que reivindicó su   individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ignoraba que también él llegaría a transformarse en cosa”.
Antes del fin. Ernesto Sábato.